Carta abierta a Monseñor Martínez Camino de Rafael López-Diéguez

Quizás el mensaje que más me ha impactado y calado en los últimos años, fue aquella famosa frase de Juan Pablo II “ no tengáis miedo”; pues bien sin miedo y desde el máximo respeto, he de decir que estoy absolutamente en desacuerdo con lo manifestado por Martinez Camino y espero, deseo y confió no sea más que un nuevo pronunciamiento personal, por cierto muy desafortunado, a los que ya nos tiene acostumbrados, como fueron aquellos sobre el preservativo y la del que no es lo mismo dejar morir que matar, con ocasión de la Ley de Ana Pastor en relación a la FIVE.
Ayer publicaba una carta abierta a D. Juan Carlos I , que en realidad era una carta dirigida al Jefe del Estado y a la Jerarquía Católica en la que llamaba la atención sobre lo importante de una actuación coherente y clara de la Jerarquía ante la posible firma del Rey de la Ley del aborto. Pedía en mi carta que no hubiera tibiezas ni ambigüedades, que con independencia de quien y el color de su sangre al que fuera colaborador necesario, aun con obligación y riesgo de su cargo, se le exigiera o al menos se le recomendara, dar testimonio y si no lo hiciera como pecador publico cayera sobre el todo el peso del Código Canónico. Pedía en definitiva que no se diera cobertura moral, ni carta de naturaleza a la inicua actuación del Jefe del Estado si este llegara a firmar la ley del aborto.
Monseñor, según entiendo, es criterio unánime de la Doctrina y del Magisterio que el católico no debe disociar su vida pública de la privada, que no podemos actuar de forma distinta en un ámbito que en el otro, que tenemos la obligación, si la obligación, de dar testimonio público de nuestra fidelidad a la Ley de Dios, que cuanto más público y representativo sea nuestro cargo o posición social más obligados estamos.
No entiendo cómo es posible que un miembro de la Jerarquía pueda asegurar públicamente que la actuación del Rey “ Es un acto distinto, con una consideración moral distinta a la de los parlamentarios que dan el sí o no a la ley”, imagino que querría decir que es peor la actitud, mucho más condenable, la actitud de quien con una responsabilidad pública como es la del Jefe del Estado renuncie voluntariamente a dar testimonio y recuse firmar la Ley del aborto, imagino que quería decir que es injustificable que teniendo en sus manos la posibilidad de no darle rango de ley a una norma que avala el crimen más abominable, renuncie a ello, aunque sea solo a efectos meramente testimoniales.
El Rey ,como otros coetáneos suyos lo han hecho, se puede negar a firmar la Ley, pase lo que pase, cualquiera que fueran las consecuencia, eso es lo que Dios demanda. Se pudo negar a firmar la anterior y nunca lo hizo, ahora se le debe exigir que no firme y manifieste públicamente su arrepentimiento de haberlo hecho en el 85, ese será el Rey que respetemos los católicos, ese será el Rey que lo españoles católicos admiraremos, ese será el Rey que junto con Balduino y el Gran Duque de Luxemburgo pasaran a la historia como los Reyes católicos del siglo XX y XXI, serán el ejemplo a seguir, es más serán la razón de ser de la existencia de una monarquía.
Su pronunciamiento de ayer ridiculiza la actitud de muchos santos como S. Tomas Moro, que por mucho menos murió mártir, o la de tantos y tantos mártires, entre ellos muchos Obispos como usted, que por no renunciar a su Credo perdieron la vida sufriendo terribles martirios.
Me han enseñado desde pequeño que la máxima aspiración del católico es la búsqueda de la santidad y que en este camino, con la ayuda y confianza en Dios, nada debe ser un obstáculo, porque a nada se ha de temer, que la vida y mucho menos un cargo merece la pena ser vivido si no es al servicio de Dios, que el perder crédito personal y profesional ,que el ser insultado y perseguido es una bienaventuranza. Hoy de su mano descubro que esta enseñanza no afecta a los de sangre azul , aunque su colaboración fuera imprescindible para consumar un ilícito moral.
Siento tener que escribir esta carta, siento tener que ser yo, representante de un partido social cristiano, un partido de inspiración católica, el que tenga que denunciar públicamente este gravísimo error, pero es mi obligación hacerlo, “no tengo miedo”, me encomiendo a Juan Pablo II y a Santo Tomas Moro en estos momentos y les pido su intercesión para que ilumine a nuestros pastores para que actúen en coherencia y no confundan a los que hemos decidido comprometernos en la vida pública en defensa de unos Principios, que en palabras de la Iglesia y su máximo representante son innegociables.

Rafael Lopez-Dieguez

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