Manifiesto que se leerá el próximo 25-V en las concentraciones de toda España

LA INTERRUPCIÓN DEL EMBARAZO: EXTRAÑAS PARADOJAS
Recientemente, a principios de febrero de 2007, la conferencia de París auspiciada por el Panel Internacional sobre el Cambio Climático -organismo dependiente de la ONU-, sobre un 90% de certeza, ha considerado, por unanimidad de los más de 600 expertos en elaborar el informe, y otros tantos más en firmarlo, que la actual situación climatológica está siendo causada por la actividad humana. Digo esto, porque se da una unanimidad de la comunidad científica sobre un 90% de certeza, de acuerdo con las experimentaciones y modelos matemáticos que se elaboran para analizar la evolución del clima. Pues bien, se da un grado de certeza del cien por cien a la hora de que los científicos definan cómo y cuándo comienza una nueva vida. No se trata pues de una creencia, ni tampoco de una convicción, ni mucho menos de una probabilidad; es, ni más ni menos, una evidencia. Nadie, en su sano juicio, se atreverá a discutir un dato tan irrefutable, pues causaría estupor la sola consideración de una posibilidad de duda al respecto. ¿Cuál es entonces la diferencia para que se tenga por legal lo que, evidentemente a todas luces, es irreal? ¿Acaso no estamos hablando de vida humana? ¿No es vida humana la que se forja en el seno materno cuando se produce la fecundación? Nadie lo duda, pero, en su dislate contraevidente, dirán que, efectivamente, se trata de vida humana, pero no de un ser humano. La diferencia es sólo semántica, y ¿quién se detiene por una palabra de más o menos? La palabra o es verdad o no es palabra. La palabra mentirosa deja de ser palabra. Los hombres se engañaron y nació Babel. Hoy los hombres se siguen engañando en las nuevas babeles de nuestro mundo moderno que, con su tela de araña, todo lo envuelve y narcotiza. ¿Acaso conoce alguien vida humana que no esté injertada en lo más hondo de su ser en un ser humano? ¿Puede un ser humano ser humano sin vida humana? ¿No se trataría entonces de un cadáver sin vida? ¿Es posible que un caracol tenga vida humana? ¿No soy yo, tú, nosotros, ellos, también los otros, los poseedores de esa vida humana? ¿La vida humana la conoce alguien fuera de un ser humano? ¿Es una abstracción mental? ¿Acaso soy yo un algoritmo matemático que se expone en un papel, pinchado con un alfiler en un corcho, como insecto disecado? ¿Qué tipo de razonamiento es el que lleva inserto en sí esta aporía? Sin duda es la ideología. Esa ideología que considera al forastero, al molesto inesperado, como a un extraño al que hay que desalojar. La ideología de quien viendo, no ve; y oyendo, no oye. Que ya dice el refrán que no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver. La ideología del cerrilismo egoísta de quien prefiere mirar para otra parte y no ver lo que todos sin prejuicios ven.

Para negar la evidencia se necesita no tener ojos, no tener oídos, y, sobre todo, no tener corazón. La cerrazón del corazón. Esta es la clave. Por eso, el desaprensivo tendrá muy abierta la boca para engañar a su víctima, todo por cuestión de cuartos. Mentiras y más mentiras. “Quien se empeña en tener razón, lo conseguirá con solo tenga lengua”, dice Fausto a Mefistófeles en la obra de Goethe. Y aparentemente parece cierto. Tienen voz y vociferan, pero no tienen razón porque no tienen palabra. La palabra es humana. Llama a la compasión y a la misericordia también de aquellos que aún no han llegado a tener siquiera voz para dar razón de sí por la palabra. Luego se montan unos monumentales desconciertos sobre motivos humanitarios para salvar una vida que no es inocente, cuando a diario se tiran al cubo de la basura cientos de ellas, todas inocentes, y, por paradójico que parezca, se aducen también razones “humanitarias”. El que profiere una “voluntaria interrupción del embarazo” sencillamente miente. La humanidad está reñida con la falsedad de una cultura de la muerte, porque es homicidio de la víctima y suicidio del culpable: a él lo elimino, pero yo me hago eliminador eliminado. Y ninguna cultura que deje de respetar la vida tiene futuro, por muy moderna que sea: es la cultura de los cementerios y laminados y herrumbrosos desiertos. De eso ya estamos dándonos cuenta. El único intento de hacer algo serio tiene que llevar en sí el germen de humanidad, que es siempre la vida: la voz de los que no tienen voz, la voz de los engañados, de los desesperados, la voz dispersa de los movimientos sociales en pro de la vida en el planeta. Sólo la compasión nos amparará y nos hará libres: porque el amor es lo único que puede restituir el hombre a sí mismo. Sólo el amor libera de la destrucción y devuelve a quien se deshumanizó su propia humanidad. Sólo el amor nos salvará.
Pedro López
Biólogo. Grupo de Estudios de Actualidad

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