Reza el Papa por la protección de toda vida humana

El Santo Padre Benedicto XVI presidió en la tarde del sábado 27 de noviembre, en la Basílica de San Pedro, la celebración de las Primeras Vísperas del Primer Domingo de Adviento, que este año se ha acompañado con una “Vigilia por la vida naciente” celebrada por toda la Iglesia católica, a la que se adhirieron las Iglesias particulares de todo el mundo en comunión de oración.
A las cinco y media de la tarde comenzó la celebración de esta “Vigilia por la vida naciente”, durante la cual se alternaron algunos textos del magisterio sobre el tema de la vida, con cantos típicos del Adviento y momentos de silencio y oración. De este modo se ha querido coronar el congreso internacional promovido por el Consejo Pontificio para la Familia, que preside el cardenal Ennio Antonelli, sobre el tema de la familia en el corazón de las acciones pastorales específicas.
Esta tradición de celebrar las Primeras Vísperas del Primer Domingo de Adviento -que ha comenzado con Benedicto XVI- se propone subrayar el inicio de un nuevo Año Litúrgico para la vida de la Iglesia, dado que precisamente con el tiempo de Adviento se pone en marcha un nuevo ciclo anual, en el que la Iglesia celebra todo el misterio de Cristo, desde su Encarnación hasta Pentecostés y la espera del retorno del Señor.
Con el canto del “Tu es Petrus” el Papa entró en procesión, esta tarde a las seis, en la Basílica de San Pedro. En su homilía Benedicto XVI comenzó diciendo que “con esta celebración vespertina, el Señor nos dona la gracia y la alegría para abrir el nuevo Año Litúrgico iniciando desde su primera etapa: el Adviento, el período que hace memoria de la venida de Dios entre nosotros. Y añadió: “Cada inicio lleva consigo una gracia particular, porque es bendecido por el Señor. En este Adviento nos será dada, una vez más, la experiencia de la cercanía de Aquel que ha creado el mundo, que orienta la historia y que ha cuidado de nosotros llegando al culmen de su condescendencia al hacerse hombre.”
Precisamente –prosiguió diciendo el Santo Padre– el misterio grande y fascinante del Dios con nosotros, es más, del Dios que se hace uno de nosotros, es lo que celebraremos en las próximas semanas caminando hacia la Santa Navidad. Y agregó que durante el tiempo de Adviento “sentiremos a la Iglesia que nos toma de la mano y, a imagen de María Santísima, expresa su maternidad haciéndonos experimentar la espera alegre de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor, que salva y consuela”.
Benedicto XVI agregó que mientras nuestros corazones se predisponen hacia la celebración anual del nacimiento de Cristo, la liturgia de la Iglesia orienta nuestra mirada hacia la meta definitiva: el encuentro con el Señor que vendrá en el esplendor de la gloria: “Por esto, nosotros, que en cada Eucaristía, “anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección en la espera de su venida”, permanecemos en oración. La liturgia no se cansa de animarnos y sostenernos, poniendo sobre nuestros labios, en los días de Adviento, el grito con el cual se cierra toda la Sagrada Escritura, en la última página del Apocalipsis de San Juan: “¡Ven, Señor Jesús!” (22,20).”
Al recordar a los presentes que el encuentro de esta tarde para iniciar el camino de Adviento se enriquecía con otra importante motivación, la de celebrar solemnemente con toda la Iglesia una vigilia de oración por la vida naciente, el Pontífice expresó su agradecimiento a todos los que se han sumado a esta invitación y a cuantos se dedican, específicamente, a acoger y custodiar la vida humana en las distintas situaciones de fragilidad, en particular, en sus inicios y en sus primeros pasos:”Es así como el inicio del Año Litúrgico nos hace vivir nuevamente la espera de Dios que se hace carne en el vientre de la Virgen María, de Dios que se hace pequeño, se hace niño; nos habla de la venida de un Dios cercano, que ha querido recorrer la vida del hombre, desde el inicio, y esto para salvarla totalmente, en plenitud. Y así el misterio de la Encarnación del Señor y el comienzo de la vida humana están íntima y armoniosamente ligados dentro del único designio salvífico de Dios, Señor de la vida de todos y cada uno. La Encarnación nos revela con intensa luz y de manera sorprendente, que cada vida humana tiene una dignidad altísima, incomparable.”
Después de recordar que el hombre presenta una originalidad inconfundible respecto a todos los demás seres vivientes que pueblan la tierra, que se presenta como sujeto único y singular, dotado de inteligencia y voluntad libre, además de estar compuesto de una realidad material, que vive simultánea e inseparablemente en la dimensión espiritual y en la dimensión corpórea, Benedicto XVI añadió:
“Somos, entonces, espíritu, alma y cuerpo. Somos parte de este mundo, ligados a las posibilidades y a los límites de la condición material; al mismo tiempo estamos abiertos a un horizonte infinito, capaces de dialogar con Dios y de acogerlo en nosotros. Obramos en las realidades terrenas y a través de ellas podemos percibir la presencia de Dios y tender a Él, verdad, bondad y belleza absoluta. Saboreamos fragmentos de vida y de felicidad y anhelamos la plenitud total.”
Tras recordar que Dios nos ama de manera profunda, total, sin distinciones; y que nos llama a la amistad con Él; nos hace partícipes de una realidad por encima de toda imaginación y de todo pensamiento y palabra, a saber: su misma vida divina; el Papa afirmó que “creer en Jesucristo comporta también el tener una mirada nueva sobre el hombre, una mirada de confianza y de esperanza.
El tiene derecho a no ser tratado como un objeto que se posee o como una cosa que se puede manipular a placer, a no ser reducido a un puro instrumento en beneficio de otros y de sus intereses. La persona es un bien en sí misma y siempre es necesario buscar su desarrollo integral. El amor hacia todos, y más si es sincero, tiende espontáneamente a convertirse en una atención preferencial por los más débiles y los más pobres. Sobre esta línea se coloca la preocupación de la Iglesia por la vida naciente, la más frágil, la más amenazada por el egoísmo de los adultos y por el oscurecimiento de las conciencias. La Iglesia continuamente reafirma cuanto ha declarado el Concilio Vaticano II contra el aborto y toda forma de violación de la vida naciente: “La vida, una vez concebida, debe ser protegida con al máxima atención” (ibid., n. 51).
Benedicto XVI también recordó que hay tendencias culturales que “buscan anestesiar las conciencias con pretextos”. Sobre el embrión en el vientre materno, la ciencia misma pone en evidencia la autonomía que lo hace capaz de interactuar con la madre, la coordinación de los procesos biológicos, la continuidad del desarrollo, la creciente complejidad del organismo. No se trata de un cúmulo de material biológico, sino de un nuevo ser vivo, dinámico y maravillosamente ordenado, un nuevo individuo de la especie humana. Así lo ha sido Jesús en el vientre de María; así lo ha sido cada uno de nosotros en el vientre de la madre”. Y agregó: “Lamentablemente, incluso después del nacimiento, la vida de los niños continúa siendo expuesta al abandono, al hambre, a la miseria, a la enfermedad, a los abusos, a la violencia, a la explotación. Las múltiples violaciones de sus derechos que se cometen en el mundo hieren dolorosamente la conciencia de cada hombre de buena voluntad. Frente al triste panorama de las injusticias cometidas contra la vida del hombre, antes y después del nacimiento, hago mío el apasionado llamamiento del Papa Juan Pablo II a la responsabilidad de todos y cada uno de nosotros: “¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda la vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!” (Enc. Evangelium vitae, 5).”
Por esta razón, el Papa exhortó a los protagonistas de la política, de la economía y de la comunicación social a hacer cuanto esté en sus posibilidades, “para promover una cultura cada vez más respetuosa de la vida humana, para ofrecer condiciones favorables y redes de apoyo a la acogida y al desarrollo de la misma”. Mientras a la Virgen María -que ha acogido al Hijo de Dios hecho hombre con su fe, con su seno materno, con su atento cuidado, y con su acompañamiento solidario y vibrante de amor- encomendó la oración y el compromiso en favor de la vida naciente.
Al concluir la celebración de estas Vísperas, Benedicto XVI rezó una “Oración por la vida”, compuesta especialmente para esta ocasión.
Fieles católicos de la región de Murcia se unieron al Santo Padre en la Vigilia por la vida naciente tanto en Cartegena como en Murcia, con una gran asistencia de público.

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